miércoles, 30 de enero de 2008

PRESENTACIÓN

Hace tiempo vengo escribiendo unas memorias y ahora me he decidido a publicarlas en este blog. Las he titulado Actualidad de mi pasado, memorias de un "politiquero". Lo hago por creer que pueden aportar una cierta vigencia. Narran hechos vividos en los últimos 65 años (los primeros recuerdos que conservo datan de cuando tenía cinco años...) y en ellos se refleja algo de lo sucedido en Chile y en el mundo en esta época. He sido, además, un privilegiado, pues he podido ser testigo y a veces actor de hechos significativos. De aquí nace mi deseo de compartir estas experiencias. Lo de "politiquero" tiene una explicación en cierta realidad vivida por mí entre divertido y dolido. Divertido, porque la acusación surge de sectores interesados en desprestigiar ¡la política que hacen los demás! La que hacen los acusadores no sería política. Esa afirmación me divierte, por lo ridícula. Pero también me duele, porque denigra una actividad noble e imprescindible. En la vida real hay una dimensión política de la que nadie es ajeno. En esa dimensión todo acto tiene connotación política, sea que nos coloquemos en un lado u otro o que, incluso, nos declaremos neutrales. Personalmente no acepté nunca la visión aludida y consagré mi vida a la política. Lo hice desde diversos lugares, en casi todos los niveles, como se verá en los capítulos de estas memorias. Dado que he escogido esta vía para darlas a conocer, los comentarios en cada capítulo son muy bienvenidos, sobretodo si enriquecen el relato con hechos paralelos no mencionados por mí. Nadie sabe todo lo que pasa a su alrededor y muchas veces se llega a perder la mirada de conjunto. Confío en estar haciendo un aporte más al diálogo civilizado y tranquilo. Es para mí el único camino constructivo y única senda para alcanzar una buena vida para todos los habitantes de esta tierra llamada Chile.

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lunes, 28 de enero de 2008

INTRODUCCIÓN

Estos retazos de vida, con recuerdos y reflexiones históricamente situados, hablarán de Chile y el mundo tal como me tocó vivirlos, sentirlos, gozarlos y sufrirlos. Como he sido testigo y, a veces, actor de algunos hechos que podrían resultar a la postre significativos, y he vivido muy intensamente durante una etapa fascinante de la historia humana --en varias partes del planeta, pero, en particular, en un país pequeño, no ajeno al mundo a pesar de su carácter insular y provinciano, llamado Chile-- es que me he decidido a escribir esta suerte de memorias. Lo hago cumpliendo también una sugerencia de un buen amigo, Sergio Politoff, quien, después de escuchar, siempre en compañía de su esposa Adriana, algunos de mis relatos, en agradables y extensas conversaciones que tuvimos durante un tiempo en su casa en Capelle a. d. Ijssel, cerca de Rotterdam, Países Bajos, donde vivió gran parte de su exilio, me dijo, hace ya mucho tiempo, a comienzos de la década de los años 80 en realidad, que yo tenía el deber de dejar un testimonio escrito de mis numerosas vivencias. Nunca olvidé esta proposición y siempre anhelé encontrar un momento de tranquilidad para hacerlo. Ahora, convencido de que ese instante no existirá, me he puesto a escribir en todos los ratos libres que he podido encontrar. Las experiencias han aumentado en los últimos 20 años una enormidad, lo que justifica aún más este esfuerzo. Así han surgido estas páginas que ahora doy a conocer, algo desordenadas sin duda, pero que serán --creo, o quiero creer-- vitales y directas. En ellas habrá de todo, pues narraré historias personales junto con algunos hechos históricos generales que me parecieron importantes de destacar y analizar. Las primeras dan un testimonio más directo, vivido por mí, mientras las segundas ofrecen el contexto, complementándose adecuadamente.

Comenzaré presentándome brevemente. Al momento de escribir estas líneas introductorias (lo que siempre se hace al final, cuando ya se ha escrito la obra), he completado 70 años de edad y 43 años de muy feliz matrimonio con Nina María Soto Rozas, mi esposa, con quien tenemos ocho hijos y quince nietos. En la vida, aparte de tener una familia grande y hermosa, he hecho muchas cosas. Así, después de haberme interesado por la química a los 15 años, por la Pedagogía en Castellano a los 17 y haber definido poco después una fuerte vocación por la política, estudié Derecho hasta egresar, muy resuelto, en todo caso, a no ejercer jamás esa noble profesión, pues tenía que buscar y encontrar alguna manera de insertarme en la política y, a la larga, también en las ciencias políticas. Entremedio me cautivaron la ópera y la música clásica, el ajedrez y los libros en general, todo lo cual ha perdurado hasta ahora, aunque predominando lejos los últimos. Fui dirigente estudiantil y político. Incursioné en el periodismo, sobre todo de opinión (escribi en el diario “La Nación”), en la diplomacia y en la cátedra universitaria. Entre 1959 y 1970 hice 35 viajes al extranjero, la gran mayoría por América Latina, pero también varios a Estados Unidos y dos a Europa. Fui comentarista nacional e internacional en TV en Santiago (Canal 13) y Valparaíso (Canal 4). Entre agosto de 1973 y octubre de 1982 viví en Alemania, donde estudié y enseñé Ciencias Políticas y Castellano en la Universidad de Heidelberg. Tuve también un trabajo en Holanda, que se prolongó después a Chile hasta 1990: la co-dirección del Instituto para el Nuevo Chile, junto con Jorge Arrate (fue ministro de educación, ministro secretario general de gobierno y embajador en Buenos Aires más adelante) y, durante dos años y medio, también con Carlos Parra (fue embajador en Suecia después). Publiqué dos libros: “Hermano Bernardo”, sobre la vida de Bernardo Leighton, en 1982, y “La no-violencia activa: camino para conquistar la democracia”, en 1984. Ambos han tenido varias ediciones. Finalmente, volví a Alemania en julio de 1990, donde trabajé un tiempo de nuevo en la Universidad de Heidelberg en investigación y docencia, para pasar después a trabajar a tiempo completo en la Embajada de Chile en Bonn, como Agregado Científico. En mayo de 1994 fui trasladado en esa misma función a La Haya, Reino de los Países Bajos (más conocido como Holanda). En septiembre de 1995 asumí como embajador de Chile en Venezuela. A fines de 1999 fui elegido Secretario Permanente del Sistema Económico Latinoamericano, SELA, organismo internacional compuesto por 28 Estados miembros exclusivamente latinoamericanos y caribeños. Ahora, ya en Chile, soy Presidente Ejecutivo del Instituto Chileno de Estudios Humanísticos, ICHEH, y hago consultorías cuando ellas me son solicitadas.

Como puede verse a simple vista, ha sido una vida muy movida, que aparecerá, en algunos pasajes, con más detalle en las páginas siguientes, a medida que vaya relatando mis experiencias. No estará todo, naturalmente, sino sólo lo que parezca más relevante para la finalidad de transmitir algunas experiencias vividas en el contexto de una sociedad humana, la chilena, atravesada por tantas tensiones y profundos procesos de cambio, como los experimentados también por el mundo en tan poco tiempo. Confío en que, con este esfuerzo, contribuya a que más de algún hecho importante pueda ser analizado mejor en el futuro.

Chile ha sufrido en la segunda mitad del siglo XX modificaciones inmensas, a veces traumáticas. De sociedad agrícola, con un proceso de industrialización en serio iniciado desde el Estado recién en 1938 (CORFO), ha pasado a ser algo muy distinto a aquello, una mezcla de todo eso, pero con fuertes injertos ultramodernos. En suma, un engendro bastante indefinible todavía. También ha sido una especie de laboratorio de experimentación social, política y económica, particularmente a partir de la “Revolución en Libertad” de Eduardo Frei Montalva, que fue seguida por la “Revolución con sabor a vino tinto y empanadas” de Salvador Allende y la “Contarrevolución” o "Revolución neoliberal" de la dictadura del general Augusto Pinochet Ugarte, que resultó ser a la postre la más profunda y duradera. Culturalmente ha sido tierra de escritores y, sobre todo, de poetas. Dos de ellos, como se sabe de sobra, ganaron el Premio Nóbel de Literatura (Gabriela Mistral en 1945 y Pablo Neruda en 1971), hecho único en América Latina.

El camino del retorno a la democracia y el manejo para ir consolidando el nuevo estado de cosas ha sido también original. Existiendo, como siempre, luces y sombras, aquí destacan algunos hechos admirables a los que, en su oportunidad, me referiré.

En suma, más de medio siglo de historia de Chile y de algunas partes del mundo abarca esta mirada personal. Se agregará, espero, a tantos testimonios de otros autores, que servirán para armar el "rompecabezas" de estos tiempos insólitos en que nos tocó vivir.

miércoles, 23 de enero de 2008

CAPITULO I


CONTACTO E INGRESO A LA POLITICA

Mirando hacia atrás y tratando de recordar, compruebo que mi ingreso a la política fue un largo proceso que se remonta a mi propia infancia, pero que, en verdad, tiene dos fases: la primera está compuesta de contactos, generalmente no conscientes, con la política; y la segunda, formada por actos deliberados. Narraré ambos.

La primera vez que me di cuenta de que existía un Presidente en Chile se produjo en Viña del Mar, donde vivíamos, a raíz de la muerte de uno de ellos: don Pedro Aguirre Cerda en 1941 (Radical, había sido elegido, en votación estrecha, en 1938, encabezando el Frente Popular. Derrotó al candidato derechista Gustavo Ross). Yo tenía cuatro años y escuché en una radio, que hoy sería objeto para un coleccionista de antigüedades, y que permanecía encendida en mi casa por muchas horas todos los días, que daban una y otra vez la noticia de que había fallecido el mencionado mandatario. Le pregunté a mi madre algunos detalles y pronto inventé un juego, en que yo era don Pedro y mis dos hermanos menores (Gustavo y Enrique) los "Pedritos". Este fugaz contacto con un hecho importante de la vida nacional no pasó más allá de esta inocentada, pero permaneció en la memoria de mi madre, que muchas veces contó la anécdota y que, tal vez por eso, se me grabó.

Un buen tiempo después, en 1946, cuando ya tenía 9 años de edad, volvió a morir un Presidente durante su mandato, don Juan Antonio Ríos . Esta vez tomé más conciencia de la política, no tanto por la circunstancia de la muerte misma (¡no jugué esta vez a los "Juanitos"!), como por el hecho posterior, las elecciones presidenciales, que se llevaron a cabo algunas semanas más tarde. Hubo varios sucesos que me llamaron la atención durante la campaña y respecto de los cuales hice, por primera vez con bastante curiosidad, algunas preguntas. Por ejemplo, me intrigó el hecho de que a un candidato lo presentara la revista satírica "Topaze" con una vela encendida puesta sobre su cabeza. Se trataba de don Eduardo Cruz-Coke, candidato conservador social cristiano, a quien los caricaturistas lo presentaban como un iluminado. ¡De ahí la vela en su cabeza! Tuve más tarde la suerte de conocer muy de cerca a su esposa, ya viuda, y a sus hijos, nietos y bisnietos, y trabar amistad con toda esa ya gran familia. También en el Colegio Alemán de Valparaíso, donde cursaba el segundo año básico (Segunda Preparatoria se llamaba entonces), sentí la atmósfera de la batalla presidencial. Sin saber bien de qué se hablaba, algunos alumnos se abanderizaban por los diversos candidatos. Como supe que mi padre era partidario de Gabriel González Videla, que fue al final el candidato triunfante, me declaré partidario suyo, como quien se muestra partidario de un determinado club deportivo. Conforme a mis definiciones políticas posteriores, mi candidato de ese entonces debió ser Cruz-Coke. Pero para tomar ese tipo de decisiones me faltaba todavía algún tiempo.

En 1952, cursando el cuarto año de humanidades (Segundo Medio de hoy) en el Liceo Eduardo de la Barra de Valparaíso, volví a estar con el candidato de mi padre, el radical Pedro Enrique Alfonso. Mi interés por la contienda fue, esta vez, bastante grande. Sobretodo, me llamó la atención la alarma de mi padre por la posibilidad, que en definitiva se concretó, de que triunfara Carlos Ibáñez del Campo, un ex-general que había gobernado dictatorialmente entre 1927 y 1931. Fue en ese momento, creo, que mi padre contó su experiencia tenida al derrumbarse ese gobierno fuerte. Nativo de Valparaíso, vivió en Santiago cuando era estudiante de odontología en la Universidad de Chile. Durante la toma de su Casa Central en los días previos a la caída del dictador, él había colaborado desde afuera, llevando provisiones a los que estaban dentro. (Curiosamente, en ese lugar se encontraba un hombre, del que hablaré después, al que me unieron los ideales políticos, la amistad personal y respecto del cual, como ya lo indiqué, escribí un libro: Bernardo Leighton. No sería nada de extraño que Leighton haya comido alguna provisión llevada por mi padre, lo que, de haber sucedido, transformaría el hecho en una de esas maravillosas y misteriosas conexiones que se dan con alguna frecuencia en la vida de todos los seres humanos.) El triunfo democrático de este ex-dictador en 1952 llevó a mi padre a inscribirse de inmediato como miembro activo del Partido Radical, a pesar de que tendía más a tener una posición independiente.

De los hechos internacionales tuve, hasta esa fecha, mucho menos conciencia. Vagamente oí hablar algunas veces de la guerra mundial, pero, como no existía TV y yo iba poco al cine y sólo a ver películas para niños, ese hecho tan terrible pasó por mi mente como una abstracción, casi como un cuento lejano. Sólo una vez tuve una experiencia más directa que se me grabó. Sucedió cuando llegó desde Alemania una pariente no tan lejana, la tía Anita Boye, hermana de mi abuelo paterno. La fuimos a ver, mis padres y yo, a la Intendencia de Valparaíso, a la casa del Intendente de ese momento, don Humberto Molina Luco, emparentado políticamente con mi familia paterna. Me impresionó lo flaca y vieja que estaba; pero el mayor impacto lo sufrí, en todo caso, con su muerte un poco después, que fue atribuida al estado de desnutrición en que se encontraba como consecuencia de la guerra y del cual no pudo recuperarse en Chile. Pobrecita. De nada le valió el tremendo esfuerzo del viaje. Llegó tarde al lugar donde pensaba superar a lo menos sus males físicos. Creo que fue en ese momento, a través de una experiencia con rostro real, que me di cuenta y llegué a pensar que la guerra era algo doloroso y dramático, algo malo, muy malo. Lo sigo creyendo hasta ahora, con muchas más razones que en ese momento.

El año 1952 fue muy importante para mí, pues marcó el momento en que comencé a mirar con más interés -y hasta con cierta seriedad- el mundo que me rodeaba. En marzo ingresé al Liceo "Eduardo de la Barra", dejando, después de 9 años, el Colegio Alemán, ambos de Valparaíso. Mi padre tuvo desde el comienzo de mi vida escolar esta idea de pasarnos, a todos los hermanos, a un liceo público, con el fin de que conociéramos mejor la verdadera situación de los chilenos medios. Este paso me acercó, efectivamente, más a la realidad chilena. El Colegio Alemán era, en verdad, un mundo aparte, algo artificial, que unía básicamente a las familias alemanas en torno a su lengua y su cultura. Nuestro origen alemán se había deslavado mucho con el tiempo, casi evaporado, de modo que éramos vistos en ese mundo como chilenos puros. El cambio me hizo bien, porque en el liceo pude sobresalir, gracias a la formación y disciplina inculcada en el Colegio Alemán (mi padre me bajaba las ínfulas que yo me daba diciéndome: "en el país de los ciegos el tuerto es rey"...). Además, me vinculó de verdad a la vida de la mayoría de los ciudadanos de clase media de ese entonces.

Cuando ingresé al liceo comencé a interesarme por todo. De repente, me gustó la literatura, la historia, la filosofía y la psicología. Los ramos científicos, como la matemática, la física y la química, dejaron de motivarme. Hasta ese momento había sentido una cierta inclinación por la química, llegando a armar en casa un pequeño laboratorio donde hacía experimentos. Lo hice con no poca preocupación de mis padres, que temían pudiese suceder algo grave causado por alguna incompetencia mía, como cuando quise fabricar, por pura curiosidad, algo de pólvora... Al final nada pasó, tal vez porque fracasé en mi intento de producir el explosivo...

De política empecé a informarme por la radio. Escuchaba regularmente el programa "Tribuna Política", de Luis Hernández Parker, que se transmitía todos los martes, jueves y sábado, a las 13,45, por Radio Minería. Sus comentarios tenían una cierta calidad analítica, pero, por encima de todo, estaban llenos de informaciones exclusivas, bien reporteadas. Era en verdad un gran periodista, un maestro formado en la práctica, ya fallecido, a quien tuve el privilegio de conocer personalmente y compartir muchas conversaciones con él en Chile y en otros lugares del mundo. Recuerdo particularmente una estadía de él en Nueva York, donde tuvimos oportunidad de vernos y conversar intensamente a lo largo de varios días. Aprendí mucho de él y de su vastísima experiencia con el mundo de la política.

Pese a mi interés por la política, sólo ingresé a ella plenamente una vez que estuve en la Universidad y tampoco lo hice en el primer momento. Aunque fui elegido delegado de curso del primer año de derecho, ello se hizo sin connotación política alguna. Mi primer contacto con una institución privada dentro del ámbito universitario se produjo con la Acción Universitaria Católica, AUC, a la que ingresé muy decididamente, a causa de mi retorno al catolicismo producido en los últimos cinco meses de 1954, durante el restablecimiento de una enfermedad al pulmón de mediana gravedad, que me mantuvo fuera de la circulación y muy concentrado en no más de una docena de libros que cambiaron mi visión del mundo y le dieron un sentido a muchas intuiciones que tenía en ese entonces. Fue en ese tiempo cuando leí por primera vez a Jacques Maritain, concretamente su “Humanismo Integral”, sin entenderlo casi, a Lecomte du Nouy (“El destino humano” y “El porvenir del espíritu”) y a Alexis Carrel (“La incógnita del hombre”), a los que entendí mucho más y que me fascinaron y ampliaron mi visión del mundo por primera vez.

Mis inclinaciones políticas comenzaron, ya saliendo del Liceo, a dirigirse muy resueltamente hacia la Falange Nacional (FN), fuerza joven y pequeña en esa época, pero muy atractiva para muchos jóvenes inquietos por la situación social de los más pobres y poco inclinados a aceptar las soluciones ofrecidas por los partidos marxistas. Alcancé a ser militante de ella durante un año y medio. La FN, fusionada con otros partidos (Partido Conservador Social Cristiano y Partido Nacional Cristiano), se convirtió en 1957 en el Partido Demócrata Cristiano de Chile (PDC). En su seno destacaban por esos años las figuras de Eduardo Frei Montalva, Radomiro Tomic y Bernardo Leighton, a las que se sumaban muchas más, quizá de menor relieve o peso político en ese momento, pero también influyentes y a menudo muy carismáticas. Con el tiempo fui conociendo a todos y cada uno de estos personajes en forma directa, hasta llegar a trabajar al lado de algunos de ellos en diversas ocasiones y circunstancias, que ya relataré. Debo decir, miradas las cosas desde la perspectiva de los años (prácticamente más de medio siglo), que de todos aprendí mucho y que formaron un grupo muy selecto de hombres honestos, inteligentes, visionarios, modernos y bien intencionados, que concibieron y practicaron la política como un servicio y se entregaron a Chile como muy pocos a lo largo de su historia. Me incorporé como militante activo del PDC desde el primer momento, pues ya estaba inscrito en la FN. A partir de entonces, siempre estuve en el mismo partido, acompañándolo en los buenos y los malos momentos. Por eso lo conozco tanto y le tengo mucho afecto. Ha sido mi hogar político. Sin embargo, no veo al PDC como si se tratara de una iglesia, obligado a durar en el tiempo. En algún momento se va a agotar y va a desaparecer o va a quedar reducido a la mínima expresión. Esto es normal. En 1965 vi desaparecer, por ejemplo, a dos partidos más que centenarios, el Liberal y el Conservador, que se fusionaron y dieron nacimiento al Partido Nacional, dominado por corrientes nacionalistas duras, que opacaron y asfixiaron la vocación democrática de muchos de los viejos líderes de las dos tiendas. La DC también desaparecerá algún día, dejando una estela de aciertos y errores que deberán evaluar los historiadores futuros. O, a lo menos, quedará reducida como el Partido Radical, otro conglomerado más que centenario que ahora constituye una pequeña fracción, o como el Partido Comunista, que perdió su impulso con la caída del muro de Berlín y el fin de la Unión Soviética y quedó reducido a una fracción también pequeña.

A partir de mi ingreso a la Falange Nacional ya no abandoné la política nunca más. Aunque hoy la ejerzo sin someterme a una militancia muy activa, no la pierdo de vista y participo cuando puedo en ella. La considero un oficio noble, sacrificado y totalmente necesario para el bien común. Estimo una gran hipocresía su satanización por parte de sectores que quieren practicarla sin tener competencia al frente, esto es, por parte de quienes no son demócratas. En Chile ha sido la derecha el sector proclive a este discurso desprestigiador de la política. A lo largo de estas páginas, que recogen momentos de su accidentada historia, nos encontraremos con este fenómeno con bastante frecuencia.

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lunes, 21 de enero de 2008

CAPITULO II

PRIMEROS PASOS

Mis primeros pasos en la política están cargados de recuerdos de todo tipo. Me referiré a los principales y más significativos.

En 1957 fui elegido Presidente de la FECH-V (Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile de Valparaíso). Triunfé en una elección muy reñida contra el representante radical, que se presentó apoyado por socialistas y comunistas. Obtuve 330 votos, mientras mi contendor recibió 316 sufragios. La elección me tomó verdaderamente de sorpresa, porque partí de la base que, si bien iba a hacer un buen papel al alcanzar una alta votación, lo haría como perdedor, siendo mi destino encabezar la oposición para ganar la Presidencia algo después. Mi candidatura se presentó como “independiente, con apoyo demócrata cristiano”, debido a que el PDC era muy débil todavía y no tenía capacidad propia para recoger un apoyo mayoritario. Aún así, todos los que participamos en este esfuerzo pensamos que sería un digno “saludo a la bandera” y nada más. La sorpresa la dieron las mujeres, que votaron en masa por mí. Hubo una escuela, la de servicio social, donde mi adversario sacó un solo voto, el de la única estudiante comunista que allí había.

Este hecho cambió mi vida. A partir de ahora, la política pasó a ser un hecho tangible y vital en mi quehacer diario. Elegido Presidente ya no había marcha atrás. Debía responder y enfrentar las responsabilidades caídas en mis manos.

Esta elección mía se originó en cierta forma en agosto de 1957, en una Convención que realizó la FECH-V. Ahí realicé por primera vez, más por instinto o intuición, que por plena y total conciencia de lo que hacía, la que podría considerarse como una auténtica maniobra política. Sus consecuencias fueron exitosas y, en cierta forma, me catapultaron políticamente hacia arriba. Contaré sus detalles, debido a que los registré en un diario de vida que tuve durante largos años.

En el mencionado evento, radicales, socialistas y comunistas tenían una ajustada mayoría absoluta. Para imponerla necesitaban de la disciplina férrea de todos sus delegados. En esas circunstancias, presenté en una comisión de trabajo un proyecto de resolución que, si actuaban en conciencia, los dividiría, mientras que si se guiaban por su conveniencia política inmediata ganarían la votación, pero sufrirían un claro deterioro de credibilidad e imagen. El texto, breve, decía así:

“LA PRIMERA CONVENCIÓN DE LA FECH-V,
CONSIDERANDO:
a) Los serios informes presentados por la Comisión Especial de la Naciones Unidas frente a los sangrientos sucesos de Hungría, que comprueban irrefutablemente la despiadada intervención soviética para acallar la voz de la revolución popular.

b) Que similares intervenciones se realizan en el mundo de hoy con irritante intensidad, como sucedió con la intervención inglesa y francesa en el Canal de Suez, sucede hoy en Chipre, Argelia, etc.

ACUERDA:

Manifestar su rechazo a todas estas actitudes y reafirmar el principio de que los pueblos tienen derecho a gobernar sus destinos con el régimen político que libremente adopten.”

Esto era todo. Parecía poco, pero en ese tiempo era mucho. Los comunistas, que apoyaban ciegamente todo lo que hacía la Unión Soviética, no podían aceptar este voto. Los socialistas podían, porque eran críticos de las conductas soviéticas, pero eran arrastrados por los primeros en virtud de un pacto político nacional con ellos, llamado “Frente de Acción Popular” o FRAP. Los radicales, que no tenían pacto político nacional con los comunistas y eran el sector más fuerte de la coalición de izquierda en la universidad, también podían, pero estaban interesados en mantenerse unidos a comunistas y socialistas a fin de estar en condiciones de enfrentar juntos la elección de la FECH-V, que se realizaría dos meses después. Por estas razones, los dirigentes de esos sectores me rogaron en todos los tonos que retirara el voto. Ante mi negativa, intentaron maniobras para impedir un debate en la plenaria, consistentes en transformar mi voto en un informe de minoría que se votaría al final en paquete, sin discusión amplia. Como a esa altura ya había comprendido en parte el alcance de lo que se jugaba y me había comenzado a interesar en ponerlos en aprietos, retiré mi voto de la discusión en comisión y lo presenté directamente en la plenaria en medio de la confusión y el desconcierto de mis adversarios y la alegría generalizada de nuestro sector. Todavía recuerdo la agitación que se armó. Me gritaron de todo. Conservo muy vivamente una escena en que mi hermano Gustavo (ya fallecido), que era radical y Presidente de los estudiantes secundarios de Valparaíso y que asistía como invitado especial a la Convención, pidió la palabra y, en medio de un silencio curioso, pidió que el voto se discutiera. “Es lo honesto”, dijo. A mi esta intervención suya me emocionó mucho, aparte de que fue un apoyo tal vez decisivo para que la mesa directiva de la Convención aceptara, por fin, el debate. Para los radicales fue un desastre, porque no lograron explicar satisfactoriamente su conducta de votar en contra de mi propuesta. Al final, perdí la votación por escaso margen, pero creo que les inferí una derrota política y moral, que dos meses después se tradujo en mi victoria como nuevo Presidente de la Federación de Estudiantes. Los demócratas cristianos ganaron la FECH-V por primera vez conmigo. Durante ocho años seguidos continuaron triunfando. Hasta hoy siento satisfacción por esta labor cumplida en Valparaíso.

Mi año como Presidente de la FECH-V fue agitado desde el punto de vista político. Los perdedores no se conformaron con el resultado y pronto debí enfrentar una crisis política grande cuando se retiraron de la Federación los dos centros de alumnos mayores y, por eso mismo, más importantes: Derecho y Pedagogía. Fue nuevamente un acto de radicales, socialistas y comunistas. Mi respuesta consistió en ignorarlos y seguir actuando con entusiasmo en todas las actividades programadas. Esta actitud firme los hizo recapacitar y poco antes de las elecciones se reincorporaron. Para ellos este paso resultó tardío y pagaron por ello un alto costo político. Esta vez les ganamos por 200 votos de diferencia. El estudiantado castigó así su conducta excesivamente politiquera.

Poco tiempo después sucedió un hecho que me llenó de felicidad, porque me demostró a mí mismo que las actitudes firmes podían llegar a ser reconocidas por los propios adversarios. Resultó que el candidato ganador de la nueva elección, el futuro dentista Jaime Bustos, no pudo ejercer el cargo de Presidente de la FECH-V por razones de fuerza mayor (su curso en Odontología se trasladó completo a Santiago y, en consecuencia, debió irse). Debía asumir, en esa situación, el Vice-Presidente, Luis Astudillo, que no era del agrado de comunistas, socialistas y radicales. Los primeros, representados por un gran dirigente y amigo mío desde que nos conocimos peleando, Oscar Hormazábal, pidieron hablar conmigo y me plantearon muy seriamente que yo volviera a asumir como Presidente de la FECH-V. Ellos apoyarían esa medida. Rechacé, por cierto, esta propuesta, que carecía de toda legalidad, pero quedé íntimamente contento de haber impuesto un liderazgo que era reconocido por los mismos que me habían combatido con bastante pasión.

A partir del momento en que fui elegido Presidente de la FECH-V comenzó mi lento acceso al contacto con la generación fundadora de la DC. Todo empezó con mis obligados viajes a Santiago para tomar contacto con mis pares de las universidades de la capital, que en ese tiempo eran sólo tres: las universidades de Chile, Católica y Técnica del Estado. Ahí conocí y trabé amistad con Eduardo Palma, Jaime Lavados, Marco Antonio Rocca, Claudio Orrego Vicuña, Patricio Rojas, Patricio Fernández, Eduardo Zúñiga, José Domingo Herrera, Eduardo Beas y muchos más. Estas amistades han durado toda la vida. Pero, simultáneamente, cada vez que tuve la ocasión de viajar a Santiago (generalmente en un tren que tardaba tres horas y cuarto en hacer el recorrido) aproveché también de acercarme al partido (Alameda 760) y a la inolvidable Librería del Pacífico (Ahumada 76). En este último lugar solían juntarse, a partir de las 12.30 horas, algunos dirigentes de la DC como Eduardo Frei, Radomiro Tomic, Bernardo Leighton, Patricio Aylwin, Tomás Reyes, Gabriel Valdés, Jaime Castillo, Alejandro Magnet, Jorge Cash, Alberto Jerez, Julio Silva Solar, Bosco Parra y varios más. Conversaban un rato, intercambiaban informaciones y puntos de vista, y se iban a almorzar a sus casas, o a lugares cercanos cuando tenían que seguir trabajando inmediatamente después. Muchas veces los vi y hasta los abordé. Así comencé a conocerlos personalmente, aunque todavía con una cierta natural distancia y timidez. Para mí ya era un privilegio verlos. Llegar a conversar con ellos constituía casi una verdadera consagración política, lo que no era totalmente exagerado. No rehuían el contacto. Eran reconocidos por mucha gente joven como grandes personalidades políticas. Me cuento entre los que tuvieron el privilegio de conocerlos y, a la larga, trabar amistad o, a lo menos, camaradería política y cercanía humana con ellos.

Entre las oportunidades que se me presentaron, una de las más significativas fue mi participación como delegado en la Primer Congreso Nacional del PDC, celebrado entre el 27 y el 31 de mayo de 1959. Ahí me acerqué definitivamente a Jaime Castillo Velasco, uno de los mejores hombres que he conocido en mi vida, de alma noble e inteligencia superior. En dicha ocasión estuve a su lado en una postura que atrajo a la juventud de entonces y que estuvo a punto de triunfar en el gran evento. Jaime dirigía, ya entonces, la revista “Política y Espíritu”, que aparecía cada 15 días. Ella nos alimentaba de ideas y de cultura. (Llegué a ser editor de la misma entre 1986 a 1989, durante la etapa final de la dictadura pinochetista.) En aquella ocasión, su postura rechazaba en el fondo que el PDC se transformase en un "partido de masas" y proponía convertirlo en un “partido de vanguardia”, compuesto por cuadros selectos y disciplinados, capaces de liderar a las masas, pero sin incorporarlas a la estructura del partido. El PDC, así concebido y organizado, no sería clasificable como de derecha, centro o izquierda, pues pretendía romper esos esquemas. Esta posibilidad, que, vista con la perspectiva de los años transcurridos, tenía algo de “leninista”, se perdió para siempre en dicha ocasión, pues triunfó la posición de Frei y Aylwin, apoyada en la segunda votación que debió hacerse al no obtener ninguna la mayoría absoluta, por el sector más izquierdista de ese entonces (Jorge Cash, Alberto Jerez, Julio Silva, Bosco Parra). El PDC se convirtió, a partir de entonces, en un gran partido de masas. Es posible que hoy, mirando la evolución de las cosas, se pueda decir que el PDC no habría llegado al poder si hubiese triunfado la tesis de Castillo. Pero también es cierto que, aunque nos molestase siempre, el PDC se convirtió rápidamente y de hecho en un auténtico partido de centro, con muchas fracciones fluctuantes. La polarización ideológica nacional ocultó durante largo tiempo este hecho, pues la DC logró jugar muchas veces el rol de un tercer polo, o tercer camino. El momento más estelar de esta situación se dio en la elección de 1970, donde claramente la política nacional se dividió en tres tercios muy marcados.

El año 1959 fue decisivo en mi trayectoria personal no sólo por las experiencias relatadas, sino también, por otra razón: comencé a viajar fuera de Chile, cosa que hasta entonces no había realizado. Mi primera salida fue a Caracas, Venezuela, como delegado estudiantil al Tercer Congreso Latinoamericano de Estudiantes (III CLAE). Aquí comenzó a abrirse otro frente de contactos y amistades que no se cerraría nunca más. (Cosas de la vida: en 1995 volví al mismo lugar, pero a vivir allí por largo tiempo, ahora como embajador de Chile, cargo que ejercí hasta el 31 de Diciembre de 1999. El 1º de enero del 2000 asumí las funciones de Secretario Permanente, o Ejecutivo, del Sistema Económico Latinoamericano, SELA, por cuatro años. Ya hablaré de esto.) Entre este primer viaje al extranjero y 1970 realicé 35 salidas de Chile. Fue una época intensa y enriquecedora. Tuve, como chileno, esto es, como ciudadano de una nación intensamente isleña y provinciana en su mentalidad y su cultura, un alto privilegio: salir del territorio nacional con frecuencia y conocer algo de nuestro convulsionado mundo. En verdad, hasta entonces (esto ha ido cambiando después) nuestro país siempre había sido extremadamente insular, condicionando una mentalidad de este tipo. El mundo era visto desde este ángulo, con distancia y, a veces, hasta con desprecio arrogante, actitud que aún persiste, pero en forma algo aminorada por la influencia de los que ahora entran y salen con frecuencia del país y hacen sentir una visión más equilibrada de los fenómenos mundiales y del verdadero y, por cierto, modesto sitio que tiene Chile en el mundo. Pude escaparme de esta especie de auto encierro colectivo y ver las cosas con más perspectiva y humildad. Esto, que comenzó siendo yo todavía estudiante universitario, continuó en 1965 con un nuevo salto: entré a trabajar al Ministerio de Relaciones Exteriores como secretario político del Ministro Gabriel Valdés, quien me “reclutó” personalmente, después de verme actuar durante un tiempo. Poco después fui designado Asesor Político de la Cancillería, cuarto en la jerarquía del Ministerio, con rango de embajador. Durante ese rico período en que trabajé vinculado a la política exterior de Chile, fui delegado de Chile a tres Asambleas Generales de las Naciones Unidas (1965, 1966 y 1967) celebradas, como es habitual, en Nueva York; asistí también como delegado a la Tercera Conferencia Extraordinaria de la OEA, en Buenos Aires; integré igualmente la delegación chilena que acompañó a Frei en sus viajes a Colombia, Ecuador y Perú (1966), a Punta del Este, Uruguay, a la Reunión de Presidentes de toda América, (1967), y a Brasil (1968). Fueron experiencias inolvidables, que me dieron un conocimiento muy cercano de grandes personajes y de sus formas de actuar y de razonar.

Es interesante consignar el contexto internacional en que se produjo este nuevo hecho grueso de mi vida. Corrían los tiempos de la guerra fría. Salvo la derecha chilena y latinoamericana, que era pro-norteamericana, la mayoría de los estudiantes estaba en la trinchera contraria. Pero a los demócratas cristianos se nos producía el problema de que tampoco nos alineábamos con la izquierda, controlada en general por los partidos comunistas pro-soviéticos. En estas circunstancias, navegábamos entre dos polos que trataban de tironearnos para su lado. Nuestra resistencia, que fue tan fuerte dentro de Chile, como que llegó a transformarnos en otro polo como he dicho, no fue igualmente firme y homogénea en el exterior. Entre los demócratas cristianos hubo quienes estuvieron más cerca de Estados Unidos y otros más cerca de la Unión Soviética, aunque nunca --hay que decirlo y reconocerlo-- con una entrega total por ninguno de ellos. Los dos polos principales eran demasiado fuertes y hacían todo lo posible por atraer gente, gastando enormes sumas de dinero en actividades atractivas para las juventudes (congresos, festivales, giras, etc.). Los no-alineados (India, Yugoeslavia, Argelia, etc.), que tuvieron en un comienzo mucho prestigio al declararse independientes de los dos grandes bloques, nunca consiguieron mostrar la capacidad operativa de éstos.

Un hecho histórico latinoamericano, como ya lo consigné anteriormente, vino a determinar muy profundamente toda nuestra existencia política: la revolución cubana. El primero de enero de 1959 se desplomó la feroz dictadura de Fulgencio Batista, que le había costado a Cuba alrededor de 20 mil muertos. Con el triunfo de los guerrilleros encabezados por Fidel Castro, Ernesto Ché Guevara y Camilo Cienfuegos, se inauguró un proceso político singular, muy autóctono, que, por desgracia, se desvió a poco andar, en gran medida a causa de la errada política exterior norteamericana, que lo acorraló, empujándolo rápidamente hacia una alianza cada vez más estrecha con el bloque soviético. El paulatino predominio ideológico y político de los comunistas cubanos en el seno del gobierno se vio enormemente favorecido por esa conducta. Por último, errores cometidos por varios sus propios dirigentes, algunos de los cuales terminaron marginados del gobierno y, a la larga, exiliados o presos, completó la tarea. No obstante, este fenómeno fue seguido con gran entusiasmo por la juventud de entonces. Uno de mis actos como Presidente de la FECH-V consistió en encabezar una gran manifestación de apoyo a los guerrilleros de la Sierra Maestra y hablar en una concentración que reunió fondos para ayudarlos. Hice uso de la palabra junto con Luis Guastavino, un gran dirigente comunista de esa época, amigo mío, que mucho más tarde, dejaría su partido al “caer las catedrales” sobre las que basaba su credo político. (Escribió un libro precisamente con el título “Caen las catedrales”).

La revolución cubana atravesó todo el espectro político chileno. La derecha se alineó junto a Estado Unidos en una posición tajantemente contraria y apoyó la política exterior agresiva y ciega de la gran potencia en contra de la misma. La izquierda se abanderizó incondicionalmente con ella. La DC apoyó el cambio revolucionario, no cuestionando su legitimidad de origen, pero pidió democracia, como figuraba en el programa del Movimiento 26 de Julio que encabezó al comienzo el proceso. Tampoco hizo esto en los primeros meses, pues entendía las dificultades y urgencias iniciales, pero, al pasar el primer año y comprobar la ninguna intención de Castro y de los suyos de organizar un sistema democrático, como lo habían prometido, comenzó a ser más crítica. A la vez, la DC nunca dejó de criticar la política norteamericana frente a Cuba. Cuando Castro definió su revolución como “marxista-leninista”, cosa que hizo más de dos años después de su victoria, naturalmente la DC aceleró su distanciamiento y endureció su crítica.

Hay que dejar constancia aquí de tres hechos que hacían difícil abordar el tema en forma muy desapasionada. El primero, tenía que ver con la dictadura derrocada. Fulgencio Batista encabezó un gobierno que, para mantenerse en el poder, asesinó masivamente a sus compatriotas. Como ya señalamos, se estima hasta hoy que alrededor de veinte mil cubanos perdieron la vida bajo su dictadura. Su expulsión del poder fue vista universalmente como un hecho necesario, legítimo y justo. El segundo, residía en la forma en que esto se llevó a cabo. Fue una guerrilla liderada por jóvenes, en su mayoría con formación universitaria, envuelta por un halo de coraje y heroísmo romántico, a cuya atracción resultaba casi imposible resistir. Sus dirigentes se jugaron la vida directa y personalmente, hasta lograr liberar a su pueblo de la tiranía. El tercero, estaba en el carisma de sus líderes y, muy en especial, del principal de ellos, Fidel Castro Ruz. Ellos, entre los que también estaban el Ché Guevara, Camilo Cienfuegos y muchos más, irradiaban coraje, honestidad y generosidad. Castro había demostrado en la práctica condiciones especiales de mando y disposición a morir por la causa que proclamaba.

La década de los 50 se despidió con este hecho clave, dándole impulso a muchos fenómenos políticos de la década siguiente. Como veremos más adelante, esta influencia fue grande en la evolución de la izquierda chilena. En particular, impactó a los socialistas, estimulándolos a acercarse más a los comunistas y planteamientos más radicalizados.

sábado, 19 de enero de 2008

CAPITULO III

DECADA DE LOS 60

En el mundo

La década de los años 60 fue extraordinariamente rica en acontecimientos de primera magnitud. Se la suele idealizar o satanizar con miradas unilaterales hasta el día de hoy. En realidad, tuvo de todo, positivo y negativo. Pero quedó, a lo menos para los jóvenes de mi generación, como una etapa casi legendaria o mítica, que nos marco para toda la vida, condicionando fuertemente gran parte de lo que nos sucedió después.

Lo sustantivo para darle identidad a este período no fue, como algunos creyeron, la violencia bélica, que la hubo en abundancia (con la absurda guerra de Vietnam a la cabeza), ni hechos puntuales destacados (los asesinatos de John y Robert Kennedy, y de Martin Luther King Jr., o la llegada del hombre a la luna, por ejemplo), sino una circunstancia cultural y espiritual más amplia. Ella se expresó de muchas maneras, pero, en esencia, se tradujo en un sentimiento universal de liberación, posiblemente la palabra clave de la década. El notable y anciano Papa Juan XXIII habló, por su parte, de la necesidad de dejar entrar “aire fresco” en los ambientes cerrados de la Iglesia y convocó al Concilio Vaticano II. Así revolucionó a esta institución dos veces milenaria. Este espíritu recorrió el mundo. Fue sobre todo algo atmosférico, alimentado por hechos históricos que, desde varios ángulos, convergieron para dar esta sensación. Como ya lo adelanté en el capítulo anterior, en América Latina fue la revolución cubana, que se había inaugurado el 1º de enero de 1959, la que agitó las aguas políticas e ideológicas de toda la década del 60. El “deshielo” en la Unión Soviética, con un Nikita Krushev a la cabeza, que había ajustado cuentas con Stalin y lo peor de su dictadura, generando un clima inéditamente distendido en su país, abrió esperanzas en un mundo extremadamente hermético.

La conducta de “aggionamento” o “puesta al día” en la Iglesia Católica, como indiqué más arriba, produjo cambios importantes en dicha institución religiosa, cambios que en América Latina se especificaron algo más en la Conferencia Episcopal Latinoamericana de Medellín, Colombia (1968).

La “Alianza para el Progreso” en América, propuesta por John Kennedy para salirle al paso, con iniciativas reformistas, a los cambios revolucionarios emprendidos por Fidel Castro en Cuba, creó un contexto favorable a políticas innovadoras en muchos países, entre los que estuvo muy destacadamente Chile a partir de 1964 con el triunfo de Frei y de su "Revolución en Libertad".

La guerrilla del Che Guevara en Bolivia y la participación en otra guerrilla, esta vez en Colombia, por parte del sacerdote Camilo Torres (a quien entrevisté en su casa en Bogotá en 1966: cf. Camilo Torres 1968: 409 - 414) contribuyeron a abrirle paso a la idea de que en algunos países se producirían revoluciones como la cubana. Treinta y tres países africanos con una población superior a los 200 millones de habitantes en ese momento, así como cuatro países del Caribe, obtuvieron su independencia y soberanía durante el decenio, incrementando bruscamente el número de Estados miembros de las Naciones Unidas. El “hippismo”, nacido en los países más desarrollados, invadió las juventudes de todas partes, difundiendo un espíritu de libertad en las formas y en las costumbres. Los Beatles, entre otros, expresaron estos sentimientos de un modo muy impactante en el campo de la música popular, hasta convertirse, con el paso del tiempo, en clásicos de su generación. En Europa, Estados Unidos y algunos países latinoamericanos (Chile, entre ellos), las revoluciones universitarias contra lo conservador y caduco intentaron reformar a fondo las instituciones de educación superior, sacándolas de un rol fríamente profesionalizante y procurando llevarlas a una inserción más completa en las sociedades a las que, en último término, debían servir. Marcusse y otros pensadores en la filosofía dieron sustento teórico a todo este proceso. En verdad, fueron muchas experiencias a la vez, atravesadas casi siempre por grandes contradicciones, pero, en general, apuntando hacia la búsqueda de mayores espacios para la libertad y dignidad humanas. En Checoslovaquia, la llamada Primavera de Praga de 1968 postulaba la construcción de un socialismo “con rostro humano”. Fue abatida, pero, en su momento irradió esperanzas, dejando una huella que no pudo borrarse más. Quien lea a Vaclav Havel, que llegó a ser presidente de ese país al ser derrotado el comunismo en 1989, comprobará la veracidad de esta afirmación. Eran estos destellos los que provocaban la atracción de los jóvenes en los más diferentes escenarios.

Un momento dramático en el planeta se produjo con el enfrentamiento norteamericano-soviético en torno a Cuba a raíz de la instalación de misiles soviéticos con cabezales atómicos en la isla, a 90 millas de Miami. Acaeció en 1962. Se llegó a temer una guerra atómica y con razón, porque, por todo lo que se sabe, efectivamente se estuvo a punto de que ello sucediera. El final feliz se debió a la decisión de Kennedy y Krushev de evitar llegar a estos extremos en el futuro. Se abrió entonces el primer período de distensión dentro de la guerra fría, suscitando algunas esperanzas de un futuro liberado de temores apocalípticos. Entre los acuerdos para reducir en el futuro el peligro de una conflagración atómica estuvo también una garantía norteamericana de no intervenir en forma armada en Cuba, lo que, probablemente, preservó la revolución de Castro.

Este ambiente prometedor, que también contribuyó a fortalecer la atmósfera antes descrita, experimentaría un severo retroceso con la invasión soviética a Checoslovaquia en 1968, país donde, como ya dijimos, se había alcanzado a vivir una “primavera” con el “socialismo con rostro humano” de Dubcek. La sombra del difunto Stalin volvió a apoderarse de la vida de los países comunistas. Nuevos caminos, largos y fatigosos, deberían emprenderse para que en 1989 se abriera el cerco y se derrumbara ese sistema. De este modo, la década, que al comienzo tuvo su rostro oscuro con la frustrada invasión de Bahía Cochinos en 1961, llevada a cabo por cubanos exiliados en Miami con apoyo logístico real, pero vacilante, por parte de la Administración Kennedy, con la construcción del muro de Berlín, con la crisis de los mísiles de 1962 y con el inesperado y hasta hoy no plenamente explicado asesinato de Kennedy el 22 de noviembre de 1963, experimentó después seis años consecutivos de euforia libertaria, para concluir con la invasión soviética a Checoslovaquia, que, en cierta manera, frenó el impulso y el ánimo de lo que había estado sucediendo en los más diversos ámbitos. La década siguiente marcaría el repliegue completo de lo vivido anteriormente. Hasta el conjunto de los Beatles se desintegró en esos años.

En Chile

En Chile los años 60 marcaron el fin de la influencia del Partido Radical, el debilitamiento extremo de la derecha, la transformación de la izquierda por el impacto en ella de la revolución cubana, el cambio profundo de la composición de la jerarquía eclesiástica y el ascenso de la DC hasta llegar en 1964 al poder, encabezada por Eduardo Frei Montalva. Este último hecho abrió, a su vez, una nueva etapa del desarrollo político chileno.

Los radicales habían sido un eje central de los gobiernos chilenos de las últimas décadas. Así, fueron partido de gobierno con Presidente de sus filas durante 14 años seguidos (1938-1952), habiendo gobernado ya antes con Juan Esteban Montero (1931-1932) y formado también parte de los gabinetes de varios gobiernos, hasta llegar al de Jorge Alessandri, a quien acompañaron en los últimos tres años de su administración. Pero, igualmente, habían estado presentes desde la oposición, a partir de la segunda mitad del siglo anterior. Constituían un auténtico partido de centro, pendular, que a veces se inclinaba hacia la izquierda y en otras ocasiones lo hacía hacia la derecha. Con las elecciones de 1964 se produjo su derrumbe, del que no han vuelto a recuperarse más. El hecho de que esta declinación coincida con el auge de la DC ha sugerido a muchos analistas la idea de que los sectores medios que seguían a los primeros se habrían pasado en masa a la fuerza en ascenso, la DC. Personalmente no creo que haya sido algo tan mecánico, porque muchos radicales emigraron hacia la izquierda (Ricardo Lagos, Jorge Arrate, etc.) y bastantes se parapetaron en la derecha (Pedro Daza, René Rojas, para nombrar solamente dos conocidos funcionarios de la Cancillería, hicieron esto y después trabajaron felices con la dictadura). Sólo Genaro Arriagada se fue a la DC. Más bien, lo que sucedió fue la adhesión masiva que nuevos sectores medios, llamados emergentes, sobre todo de profesionales y técnicos, manifestaron a la DC. Ellos le dieron ante el conjunto de la sociedad chilena un rostro de modernidad y de equipos solventes y capaces de darle soluciones a los problemas del país.

La derecha, después de gobernar con Jorge Alessandri, cayó a sus niveles más bajos de apoyo electoral. Esto precipitó la disolución de los partidos liberal y conservador, que tenían más de 100 años de existencia, y su fusión en el Partido Nacional. Participaron en este proceso ciertos grupos nacionalistas que tomaron el control del nuevo partido y que marcaron, a la larga, un vuelco hacia posiciones autoritarias que se manifiestan hasta hoy (2003). Capitaneados originalmente por Jorge Prat, poco a poco se eclipsó esta importante figura política y fueron cayendo bajo la influencia y liderazgo de Sergio Onofre Jarpa.

La izquierda chilena se radicalizó poderosamente durante esta década, influida, como se ha mencionado, por la revolución cubana. En su interior se desarrolló consistentemente una alianza socialista-comunista, a la vez que emergió un sector extremista y extraparlamentario, que cristalizó en el MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionario). El liderazgo de Salvador Allende, quien siempre fue más moderado, atravesó por momentos de gran debilidad, hasta el punto de que su nominación para ser el candidato presidencial de la izquierda en 1970 estuvo en peligro hasta el último momento. Dentro de su propio partido, quien pudo haberle ganado a Allende la nominación para la Presidencia, fue Aniceto Rodríguez. (Cf. Eduardo Labarca, Chile al rojo, 1971). (Como se verá después, me correspondió suceder a este personaje, cuando él falleció, en el cargo de embajador de Chile en Venezuela).

También influyó poderosamente la conducta de la Iglesia Católica, que tuvo en lo social una línea muy progresista. Efectivamente, la Iglesia Católica chilena también sufrió un cambio considerable en esta época, que se venía preparando desde 1925, cuando se produjo su separación constitucional con el Estado. El cambio de personal en el episcopado chileno, con la llegada de hombres más jóvenes y con una mentalidad más abierta y progresista, tuvo una gran repercusión política, pues se produjo el definitivo rompimiento con el partido conservador y el apoyo discreto, más bien indirecto, pero eficaz, a la DC.

El gobierno de Eduardo Frei Montalva constituyó, en definitiva, un difícil parto, cargado de circunstancias muy complejas, que derivaron, a la larga, en la falta de sucesión en los períodos siguientes y, sobre todo, en la crisis de la democracia y en el advenimiento de la más prolongada dictadura de toda la historia chilena. Esta fue su mayor derrota, a pesar de haber sido un gobierno tremendamente realizador e innovador en muchos aspectos. Hablaré con más detalles al respecto en el capítulo siguiente. Por la intensidad de los hechos históricos sucedidos en ese período se requiere un capítulo especial.

En lo personal, en esta década consolidé mi aproximación a la política. Terminé mis estudios de derecho actuando, simultáneamente, como dirigente universitario y dirigente político.

Después de trabajar como procurador con dos abogados de Valparaíso y de viajar al extranjero a eventos estudiantiles internacionales, me trasladé a Santiago a trabajar en un departamento de la Organización de Universidades Católicas de América Latina, ODUCAL, que presidía el Rector de la Universidad Católica de Chile, monseñor Silva Santiago. La sección mencionada tenía un nombre que le daba una apariencia de organismo autónomo: Organización de Movimientos Estudiantiles Universitarios, ORMEU. Esto, a lo menos jurídicamente, no era así, porque dependía estatutariamente de la ODUCAL. Pero, en la práctica, fue una plataforma desde donde un núcleo de dirigentes estudiantiles demócratas cristianos, entre los que me contaba, pudieran desarrollar una acción significativa en América Latina, que tuvo influencia en diversos lugares. Sus actividades se concentraron en tareas de coordinación y de formación de dirigentes universitarios provenientes de todos los países del continente. Para ello creamos el Instituto de Estudios Sociales, a cuya cabeza estuve por dos años, viviendo una experiencia inolvidable que me marcó para siempre. Responsable máximo de ORMEU fue siempre Fernando Sanhueza, quien en ese tiempo era Secretario General de la ODUCAL. Fue él quien me llevó a trabajar a su lado, junto varios más, como Juan Orellana, Eduardo Palma, Jaime Lavados, Iván Lavados y Eduardo Hill. Este grupo se independizó más adelante de la ODUCAL y formó la Corporación de Promoción Universitaria, CPU, que existe hasta el presente. Fernando Sanhueza, de profesión arquitecto, era un hombre extremadamente ejecutivo. Simpático y persuasivo, conseguía a veces cosas que parecían imposibles de alcanzar. Llegó a ser diputado y Presidente de la Cámara en el período de Allende. Murió en Venezuela, en Puerto Ordaz, ciudad donde ejerció con gran eficacia el cargo de Cónsul del Chile.

Estando establecido en Santiago, llegué a ser también Secretario General de la JDC, cargo que ocupé a invitación de la mesa directiva, pues había quedado vacante. Presidía Max Silva del Campo, un dirigente capaz, algo autoritario y conservador, como que había llegado a la DC desde el conservantismo social cristiano (por desgracia, terminó sirviendo en el gobierno dictatorial de Pinochet como su primer Subsecretario de Justicia). Estuve en esa función por cerca de ocho meses, hasta que, por esas cosas raras de la vida, tuve que entregar la Presidencia de la JDC a Rafael Moreno. Sucedió en la Junta Nacional del la Juventud, que debía elegir la nueva directiva, cuando inesperadamente la cuenta del Presidente fue rechazada. Éste, indignado, se retiró de la Junta. Lo acompañaron los dos Vice-Presidentes, Arturo Lane (terminó trabajando en la censura de libros para la dictadura) y Raimundo Valenzuela (terminó, en el gobierno de Allende, emigrando a la Izquierda Cristiana). Quedé solo en la mesa y tuve que presidir la Junta con su largo debate, y entregar la Presidencia al nuevo presidente juvenil, Rafael Moreno, una vez que fue elegido con amplio apoyo.

Al acercarnos a 1964, año de la elección presidencial, comenzó a escribirse para toda mi generación una nueva historia.

jueves, 17 de enero de 2008

CAPITULO IV

GOBIERNO DE EDUARDO FREI MONTALVA (1964 - 1970)



La llegada de Eduardo Frei Montalva al poder estuvo rodeada de circunstancias bien especiales. Partiendo de un diagnóstico escuetamente expresado en la idea, expuesta por Jorge Ahumada en su libro “En vez de la miseria”, de la existencia de una “crisis integral" de Chile, su candidatura a la Presidencia de la República ofreció un programa de cambios denominado “Revolución en libertad”. Se trataba, dicho en una sola frase, de realizar transformaciones profundas sin destruir la democracia. Más bien se buscaba la perfección de ésta. Su triunfo electoral abrumador no fue tan fácil de obtener, pues su punto de partida colocaba a Frei claramente en el tercer lugar. Después de un largo proceso en que las mayores posibilidades las tenían, una vez más, las candidaturas de izquierda y de derecha, se desplomó la segunda y sus votos terminaron respaldando a Frei.



Este derrumbe de la derecha merece un paréntesis, pues, aunque constituyó una circunstancia quizá inevitable en ese momento, estuvo rodeado de hechos curiosos, únicos, dignos de recordarse. El factor precipitante fue una elección complementaria de un diputado por Curicó. El evento, que debiera haber sido casi completamente provinciano, fue tomado como una prueba o pequeño adelanto de lo que iba a ser la presidencial unos meses más tarde. Fue "presidencializado". Por eso, los aspirantes a ganar la diputación, representantes de las candidaturas de Julio Durán, Eduardo Frei y Salvador Allende, se emplearon a fondo para ganar y los partidos políticos concentraron todas sus energías en este acto electoral. El país entero quedó mirando hacia Curicó, pendiente de lo que iba a pasar. Esto explica, en parte, lo sucedido, ya que, al triunfar el candidato de la izquierda sobre el de la derecha, ésta entró en pánico. En efecto, fue masivamente invadida por el miedo a que Allende triunfara a la postre, lo que la movió hacia el apoyo a Eduardo Frei. La derecha fue víctima de su propia prédica anti allendista al desarmar la campaña presidencial de Julio Durán el mismo día de su derrota en Curicó. Renán Fuentealba, que presidía la DC en ese tiempo, me contó un aspecto sabroso de este suceso. Según él, en el comando de la campaña del candidato DC comenzó a reinar, al atardecer, el mayor de los desánimos, una vez que los resultados comenzaron a mostrar que sólo se alcanzaría el tercer lugar. Muchos pensaron que esto sepultaba definitivamente la posibilidad de que Eduardo Frei ganara la carrera presidencial. En ese contexto de marcado pesimismo, Fuentealba supo del ambiente funerario que había invadido al comando de la derecha y tomó una decisión audaz, nacida de su indudable talento político y de una intuición extraordinaria: le habló a los jóvenes allí presentes y los alentó a salir a la calle a celebrar la votación alcanzada, que no era mala para Curicó. Les dijo, además, que los verdaderos derrotados eran los derechistas y que sería muy positivo que sintieran esto de un modo categórico. El hecho es que los jóvenes le hicieron caso y salieron a la plaza a manifestar con alegría a favor de Frei. Un bombo, que se hizo famoso en esos años de entusiasmo casi místico en la JDC, resonó otra vez con energía en la habitualmente tranquila ciudad de Curicó. Julio Durán, que estaba cerca de allí, en su comando, vio desde una ventana esta algarabía contagiosa de la JDC y sintió que aumentaba su sensación de derrota que ya lo había invadido. Años después, el mismo Durán le contó a Fuentealba que esta actitud había contribuido decisivamente en su ánimo para definir su actuación esa misma noche, cuando dejó en libertad a los partidos conservador y liberal, que lo apoyaban hasta ese instante. Esta decisión suya llevó a los dos viejos partidos de derecha, sin problemas de conciencia ni mayores complicaciones, a retirarle de inmediato el apoyo y a dárselo a Eduardo Frei, lo que en definitiva, aseguró su triunfo el 4 de septiembre de 1964.



La campaña electoral del abanderado de la DC tuvo un punto culminante con sello propio, no prestado. Se trató de la “Marcha de la Patria Joven”. Desde todos los rincones del país marcharon jóvenes hacia Santiago durante más de un mes y convergieron en el Parque Cousiño (actual O’Higgins) para oír, en una enorme concentración de masas, al candidato. Ahí Frei hizo uno de los mejores discursos de su vida, con una parte final digna de figurar en una antología de la oratoria. Su magistral invocación de grandes hechos del pasado chileno produjo un climax irrepetible. Sus palabras merecen citarse:



Me figuraba anoche, o creí oírlo tal vez en un medio insomnio. Veía que un niño, corriendo, le decía a su padre: “¡Ahí vienen! ¡Vienen desde Arica! ¡Van por Concón, por Placilla! ¡Mire cómo montan la cuesta de Chacabuco! ¡Mire aquellos que pasan por Cancha Rayada, por Rancagua, por Maipú! Padre, ¿Quiénes son?¿Son los demócratas cristianos?” “No, hijo; son más que eso.” “¿Son los freístas?” “No, hijo; mucho más que eso.” “¿Quiénes son, padre? “Hijo, ¿no ves las banderas? ¡Son los mismos... los de 1810, los de 1879, los de 1891... ¡Son la patria! ¡Sí amigos, ustedes son eso! ¡Son la patria! ¡Son la patria, gracias a Dios!



Estuvimos ahí, mi esposa, que esperaba nuestro primer hijo (Alejandro), y yo, escuchando emocionados sus palabras. Nuestra certeza en el triunfo se basó en el ánimo de la gente en este evento y no en los aspectos negativos de la llamada “campaña del terror”, que llevó a cabo la derecha pronosticando las desgracias que ocurrirían si triunfaba Allende.



En definitiva, Eduardo Frei Montalva obtuvo un triunfo categórico sobre Salvador Allende y Julio Durán: 1.409.012 votos (56,1%) contra 977.902 (38,9%) y 125.233 (5,0%) respectivamente. Esto le otorgó al inicio de su gestión una legitimidad política envidiable. El Congreso Nacional no tuvo que elegir entre las dos primeras mayorías relativas, como había venido sucediendo en los anteriores períodos presidenciales, sino que se limitó a tomar nota del resultado electoral y a proclamar Presidente a Frei. A pesar de esta situación tan clara, la izquierda, incluido Allende, realizó un gesto de protesta, a mi juicio equivocado, no concurriendo al Congreso Pleno encargado de dar a Frei como elegido, por considerar distorsionado el resultado electoral a causa de la “campaña del terror” organizada en su contra por la derecha. Ambos hechos, la denunciada campaña y el gesto de protesta, le crearon a Frei los primeros problemas y anticiparon aires de polarización en la política chilena. La derecha, es cierto, apoyó electoralmente a Frei, pero hizo una campaña autónoma a su favor, acentuando a fondo los argumentos negativos en contra de una posible elección de Allende. La publicidad “anti” llegó a ser a ratos de más envergadura que la llevada a cabo directamente por la DC en “pro” de su candidato. Creo, sin embargo, que la Marcha de la Patria Joven desplazó al final, en importancia e impacto, a dicha campaña negativa. Pese a ello, la izquierda, creo, exageró mucho el posible impacto de la propaganda en contra. Después de todo, Allende obtuvo en 1964 el mejor resultado electoral de su vida, el 38,9% de los votos válidamente emitidos, mientras que en 1952 había alcanzado el 5.5%, en 1958 el 28,9% y en 1970, cuando llegó a la Presidencia, el 36,6% de los votos (2,3% menos que en 1964).



El 7 de marzo de 1965 se llevaron a cabo las elecciones parlamentarias. Su resultado también es digno de mención. La DC, montada en la “ola freísta”, obtuvo un resultado extraordinario (el 42% de los votos), que le dio mayoría absoluta de parlamentarios en la Cámara de Diputados. Sin embargo, en el Senado, donde aumentó considerablemente su presencia, siguió en minoría, puesto que se renovaba una parte solamente del mismo. La oposición de izquierda y de derecha, sumando sus votos, tuvo la mayoría y, por eso, a pesar de lo que separaba a uno y otro extremo, se atrincheró en la Cámara Alta.



Visto desde la perspectiva histórica que da el paso del tiempo, el hecho anterior no fue, en verdad, correctamente evaluado por Frei y la DC. En cierta forma, consideraron que el mandato recibido en 1964 y 1965 no podía ser resistido por la oposición de izquierda y de derecha en el Senado, pues debía respetarse la voluntad ciudadana expresada en las urnas. En la práctica, ninguno de los extremos se dejó intimidar. Sus senadores, sobre todo, hicieron uso de los mecanismos constitucionales y le dificultaron seriamente la tarea al gobierno.



En lo personal, aparte de la inmensa alegría por el triunfo de la DC, este hecho le dio un rumbo a mi vida bastante ascendente. En efecto, ante la situación de facto creada por el gobierno DC, que utilizó todos los cuadros disponibles para poder ejercer adecuadamente sus tareas gubernamentales, yo, que en ese instante era Jefe del Departamento Internacional de la Juventud, fui designado por el Presidente de la DC, Renán Fuentealba, Jefe del Departamento Internacional del PDC, o sea, del nivel adulto, cargo en el que fui ratificado por Patricio Aylwin, que sucedió a Fuentealba algunos meses más tarde. De esta forma dejé de ser militante de la JDC. La nueva función me obligó a tomar contacto con la Cancillería, a fin de estar informado de lo que ésta hacía y tener, a la vez, una cierta presencia institucional en el gobierno. Participé en numerosas reuniones y me interioricé rápidamente de los problemas de la política exterior chilena, tanto de sus límites como de sus posibilidades. Nueve meses después de asumir Frei, Gabriel Valdés, su Ministro de Relaciones Exteriores, me ofreció trabajar con él como su Secretario Político. Esto me llevó al Ministerio, que funcionaba en el Palacio de la Moneda, donde al año pasé a ser Asesor Político de la Cancillería, un cargo de confianza con rango de embajador, cuarto en la jerarquía formal de esa repartición pública. Estuve, en definitiva, algo más de tres años en la Cancillería, la que debí dejar por razones financieras personales, pues ganaba muy poco para una familia como la mía, que comenzaba a crecer. Acepté ser Director Latinoamericano de la Inter Press Service, una agencia internacional de noticias con sede en Roma, que gozaba del apoyo de Frei y Valdés. Dí este paso en absoluta armonía con ellos, al revés de lo que un periodista sin ética lanzó en la prensa, causándome daño moral. Pasé a ganar el doble y tuve a mi cargo diez oficinas en América Latina y una en Estados Unidos. No perdí nunca el contacto con La Moneda, lo que me mantuvo vinculado estrechamente al gobierno y a sus principales personeros.



En este contexto tuve numerosas experiencia personales riquísimas, algunas de las cuales consignaré aquí, pero carecí de una mirada de conjunto de lo que se hacía. Por eso, mucho de lo que contaré ahora, está complementado con ejercicios de análisis que hice más tarde, cuando tuve tiempo para estudiar y pensar con más calma. Un proceso muy rico y profundo, por ejemplo, como fue el cambio experimentado por la Iglesia Católica universal -y la latinoamericana, en particular-, lo vi superficialmente en los años en que éste se produjo. Confieso que los árboles no me dejaron ver el bosque, como creo que le sucedió también a otros.



El gobierno de Eduardo Frei tuvo un desarrollo complejo, imposible de relatar en estos apuntes con todo detalle. Por un lado, estuvo encabezado por un hombre excepcional, de gran visión, que se había preparado cuidadosamente para ser Presidente de Chile. Tenía la estatura intelectual, política y moral para serlo. Era un auténtico estadista. Los que tuvimos el privilegio de estar en múltiples ocasiones con él, aprendimos mucho escuchándolo y observándolo. Y aunque no siempre compartí sus puntos de vista, le tuve siempre admiración y aprecio. Por otra parte, se apoyó en un partido, el PDC, que no estuvo a veces a la altura de las circunstancias. Su crisis, en definitiva, contribuyó a dejar inconclusa la obra del Presidente Frei, la que, posteriormente, terminó sucumbiendo, en gran medida a causa de los gravísimos errores de conducción del país, cometidos por el Presidente Allende y las fuerzas que lo acompañaban.



El equipo de Frei fue de gran calidad humana, profesional y ética. Prácticamente todos los que ocuparon cargos de ministros, subsecretarios y jefes de servicios mostraron gran vocación por lo que hacían y le dedicaron sus mejores fuerzas a ejecutar, con impecable probidad, sus respectivas tareas. Frei hizo pocos cambios de gabinete y algunos ministros lo acompañaron durante todo su período (Gabriel Valdés en Relaciones Exteriores, Raúl Troncoso en la Secretaría General de Gobierno y Hugo Trivelli en Agricultura). Valoraba mucho la estabilidad de los equipos de confianza.



La política desarrollada fue ambiciosa. Frei trató realmente de cumplir su programa, como lo demostró desde el primer día al enviar al Congreso proyectos de ley que pretendían ponerlo en marcha. Lo consiguió en gran parte, destacándose lo realizado en la educación, que sufrió una expansión considerable, y agricultura, con la Reforma Agraria. La Promoción Popular abrió puertas de participación a amplios sectores y contribuyó a combatir la marginalidad. La política exterior estuvo brillantemente llevada a cabo por el ministro Valdés y por el propio Frei, que, en esta materia, sabía mucho y le interesaba sobremanera. El hecho de que Valdés lo acompañara durante los seis años de gobierno fue casi un milagro, porque ambos discreparon varias veces en puntos importantes. Conozco bastante bien este aspecto, en parte porque me tocó vivir directamente un caso, el de la representación de China en las Naciones Unidas y escucharle al propio Valdés lo sucedido en el tema de las relaciones comerciales con Cuba y, más ampliamente, de las relaciones de Chile con Estados Unidos. Frei tenía una consideración mucho más marcada que Valdés hacia la gran potencia del Norte. Temía, también, reacciones norteamericanas que, en la práctica, no se dieron.



Un punto débil del gobierno de Frei se situó en su política militar. Hubo descuido en esta materia, que se tradujo en incomprensión hacia los problemas que tenían las Fuerzas Armadas para cumplir sus tareas propias y hacia su rol en la sociedad moderna que se quería construir. La culminación de esta circunstancia fue el llamado “tacnazo”, un acuartelamiento en el regimiento Tacna, encabezado por el general Roberto Viaux Marambio, con el objeto de presionar al gobierno y obtener la satisfacción de algunas aspiraciones “gremiales” importantes: mejoría de sueldos y renovación del equipamiento militar. El hecho, revestido así con esta imagen de reivindicación casi sindical, adquirió de inmediato dimensiones mayores y su dinámica se orientó a un enfrentamiento susceptible de terminar en un golpe de Estado. Viví este acontecimiento de un modo muy particular. Estaba trabajando desde hacía un año como Director Latinoamericano de la Inter Press Service (IPS) y se me ocurrió, haciendo uso de la credencial respectiva del Colegio de Periodistas, ir al Regimiento Tacna a ver cómo se desarrollaban los acontecimientos allí. Logré ingresar sin mayores problemas al lugar donde estaba el corazón mismo del conflicto y pasar en ese sitio casi doce horas, hasta que se produjo la entrega del Regimiento por parte del general alzado. Fue una experiencia intensa y sumamente interesante, que me dio una visión bastante completa del problema planteado. Tenía tres aspectos, dos propiamente coyunturales muy sensibles (mejores sueldos, que eran realmente bajísimos, y renovación del equipamiento, que en gran parte estaba obsoleto) y uno de mayor proyección y difícil formulación, pero que surgió nítidamente en mis conversaciones en el Tacna con los oficiales, casi todos mayores y coroneles: existía angustia por aclarar, en versión moderna, el rol de las FF.AA. en las tareas del desarrollo. Meses más tarde, en un encuentro que tuve con René Schneider, el comandante en jefe del ejército que surgió de la crisis del Tacna, me felicitó por un artículo mío, titulado “Crisis Militar”, publicado en la revista Mensaje (diciembre de 1969) porque, a su juicio, había mencionado este punto sobre el rol de los institutos armados en la sociedad chilena. Me confidenció que estaba preocupado precisamente de ese tema, que estaba escribiendo algo y que, en algún momento, me iba a invitar a conversar sobre la materia. Desgraciadamente Schneider murió asesinado al comenzar noviembre de 1970 y sus intenciones quedaron en nada. Fue un gran soldado y un espíritu cultivado, de gran sensibilidad humana. Su sucesor, Carlos Prats, también fue un hombre de esa estirpe. Augusto Pinochet, en cambio, que vino después, no tuvo, como veremos más adelante, esa calidad, lo que significó graves consecuencias para Chile. El contraste, además, entre los dos primeros y este último, resulta abismal. Pinochet era la vulgaridad misma. Schneider y Prats, al contrario, eran seres de gran finura moral e intelectual.



¿Fracasó Frei como político? La pregunta es de difícil respuesta, porque en su vida conoció derrotas, pero también muchas victorias y éxitos. Hizo un gran gobierno en todos los aspectos principales de su programa, lo que la inmensa mayoría de los chilenos le reconoció siempre. Sin embargo, una cierta rigidez suya le impidió dar los pasos políticos indispensables para asegurar un segundo gobierno encabezado por un demócrata cristiano y, de algún modo, poder quizá volver a la presidencia nuevamente para un tercer período. Todo esto se frustró de modo lamentable, en gran medida por carencias y fallas atribuibles a su propio manejo. Cuando quiso llevar a los radicales al gobierno lo hizo con torpeza y por eso fracasó. Enrique Silva Cimma me relató en Caracas, en 1979, una gestión fallida que él hizo, a petición de Frei, para tratar de llevar a los radicales al gabinete. Frei trató de hacerlo sin consultar directamente con la Directiva radical, lo que hizo fracasar el intento. También manejó mal sus relaciones con la DC, que era su única base de sustentación política, contribuyendo a ahondar la crisis.



Aquí puedo contar una anécdota que refleja bastante la personalidad íntima de Frei. Raúl Troncoso, que era Secretario General de Gobierno y gozaba de toda la confianza del Presidente, me escuchó cierto relato sobre Venezuela que le pareció interesante darlo a conocer a su jefe. Aprovechando una circunstancia favorable, organizó una cena en la casa del Presidente a la que me invitó. Terminada la misma pasamos al salón de su sencilla casa de la calle Hindenburg para conversar un rato bebiendo un bajativo. En ese momento, Troncoso se las arregló para que yo contara mi experiencia en Venezuela, país que acababa de visitar. Relaté que me había tocado la suerte de ver el inicio del Gobierno de Rafael Caldera, quien inauguraba así el segundo gobierno demócrata cristiano en América Latina. Frei se interesó de inmediato y me escuchó con suma atención. Narré todo lo vivido y llegué a un punto en el que Frei me hizo preguntas detalladas. Se referían a la composición del Gabinete de su gran amigo Presidente de los venezolanos. Aquí se llevó una sorpresa, pues comprobó que Caldera había integrado a todas las corrientes de su partido, el COPEI, en su Gabinete, incluyendo algunos que habían sido duros críticos de su actuar político. Su comentario, hecho en tono algo pícaro, fue: “¡Admiro el estómago de Rafael. Yo no lo tengo tan firme!” Nos reímos los presentes de esta observación, pero después, ya a solas con Raúl Troncoso, convinimos que muchos de los problemas de Frei con el partido tenían su origen en esta “falta de estómago”. Frei era más sensible, tal vez, que Caldera, pero también menos flexible.



Una gran crisis en su gobierno fue, sin duda alguna, la suscitada por el rechazo en el Senado del permiso constitucional para poder viajar a Estados Unidos, respondiendo a una invitación del Presidente Johnson. Esa crisis marcó un punto de inflexión en las energías interiores del gobierno y del PDC. El manejo que hizo Frei de la misma adoleció de fallas que, en parte al menos, contribuyeron a este efecto. Dado el espacio que ocuparía aquí, en un anexo a estas memorias reproduciré un análisis que hice años después de estas circunstancias y de la correspondencia que tuve con el propio Frei al respecto y con otros altos dirigentes de la DC.



Por último, recomiendo leer a Cristián Gazmuri en su aguda reflexión final del capítulo VIII del tomo segundo de su libro “Eduardo Frei Montalva y su época”, publicado por Aguilar el año 2000 (páginas 777 y siguientes), donde indaga sobre las causas de que el gobierno de este gran hombre no haya sido sucedido por uno de la misma orientación política. En términos generales, comparto ese análisis.

martes, 15 de enero de 2008

CAPITULO V

GOBIERNO DE SALVADOR ALLENDE (1970 - 1973)

El final de la década de los 60 y, sobre todo, los primeros cuatro años de la década de los 70, forman una de las etapas más dramáticas de la historia chilena. La intensidad de esos años, que en parte viví junto a mi familia en Chile y, sobre todo, en Valparaíso y Viña del Mar, dejaron un recuerdo imborrable de experiencias. Narraré sólo algunas en este capítulo.

Para comenzar, el año 1970 terminó mal para la DC chilena, pues sufrió la derrota en las elecciones presidenciales con Radomiro Tomic a la cabeza. Aunque su candidatura surgió en el contexto de una crisis interna de la DC, cuya manifestación más visible había sido la partida de un grupo importante de dirigentes que creó el Movimiento de Acción Unitaria, MAPU, pienso que dicho resultado electoral adverso fue principalmente obra del candidato, porque se manejó con poca flexibilidad y una demasiado escasa capacidad táctica. Siendo un hombre extraordinario, que se hacía querer por su brillante intelecto, su fantástica oratoria y su honestidad a toda prueba, era tan vehemente y categórico en sus apreciaciones, que dejaba poco espacio para la discusión de sus decisiones políticas y la revisión de su conducta concreta. Esto era particularmente fuerte cuando se trataba de moverlo a revisar y cambiar sus actuaciones políticas. Con los años, pasados los episodios que voy a relatar a continuación, cambió algo esta actitud. Recuerdo haber discutido un par de veces con él y haberlo dejado pensando. Una vez lo hice por escrito. Aunque me hizo poco caso, me escribió elogiando los comentarios realizados. Dejaré constancia de esto más adelante, en anexos a estos apuntes. Lo dicho no desmerece su enorme calidad humana y política. Defendió el cobre chileno como quizá nadie lo ha hecho hasta ahora en la historia del país. Ideó y logró en el Congreso la aprobación de la ley que creó la Junta Nacional de Auxilio Escolar y Becas, que, en su primera fase, de redacción de un proyecto, él trabajo con todo detalle, recurriendo al consejo de quienes éramos todavía dirigentes juveniles y universitarios. Estuve en un par de encuentros con él y recuerdo su entusiasmo, su disciplina de trabajo, su rigor y su capacidad creativa.

Dos grandes fallas tuvo Radomiro Tomic en la definición de su candidatura presidencial: la primera, fue su relación ambigua, distante y hasta crítica con el gobierno de Frei, lo que, en definitiva, lo perjudicó; la segunda, estuvo constituida por la forma como enfrentó a la izquierda y a Allende. Fueron deficiencias serias, que gravitaron durante toda su campaña y en su resultado final. Su candidatura perdió votos por su flanco derecho, favoreciendo a Alessandri, que estuvo a punto de ganar por estrecho margen, como en 1958. Al negarse a marcar siquiera algunas mínimas diferencias con Allende contribuyó a darle credibilidad a la campaña publicitaria de la derecha, que decía: “Tomic y Allende son lo mismo. Por eso, vote por Alessandri”. Algunos votos se perdieron también hacia la izquierda, pues esta conducta alimentaba la idea de quienes consideraban que, si ambos eran “lo mismo”, entonces era preferible votar de una vez por Allende, a quien se le creía más seguro y/o auténtico en sus posiciones revolucionarias. Allende, por el contrario, mostró lo que era tener capacidad táctica: convirtió su proyecto ideológico, llamado “vía chilena hacia el socialismo”, ¡en 40 medidas básicas e iniciales de gobierno, que comenzaban con la de asegurar medio litro de leche diario para cada niño chileno!

Respecto a la primera falla, algo irracional, distanciaba a Tomic de Frei y vice-versa. En lo personal, ambos cultivaban, creo que sinceramente, una gran amistad, pero, en lo político, tendían a separarse. Se respetaban, pero, a la vez, parecían seguir caminos diversos, aunque eso fuera sólo apariencia, más que realidad profunda. Frei aceptó varias veces ideas de Tomic, como la Marcha de la Patria Joven (Tomic había lanzado la idea de una “marcha de la patria joven latinoamericana sobre Panamá” en 1962, en el balneario de San Sebastián, ante dirigentes juveniles latinoamericanos). El final del histórico discurso, con el que Frei cerró dicha marcha y su campaña presidencial, también se basó en una idea -adaptada, por cierto- expuesta por Tomic en un saludo que le envió a los jóvenes DC de América Latina en 1960. Durante el gobierno DC, Tomic fue embajador de Frei en los Estados Unidos durante tres años y actuó públicamente en forma impecable y brillante. Pero internamente formuló muchas críticas, verbalmente y por escrito. Frei las recibía con irritación contenida. No las compartía. A su vez, tampoco sentía simpatía por la forma como Tomic planteaba las cosas. No le gustaba su estilo tan vehemente, tajante y algo voluntarista. Pero, aunque se cuidaba de exteriorizar críticas directas, se palpaba su distancia e incomodidad, y esto inhibía a los miembros de su gobierno para darle apoyo al que era obviamente su candidato. Durante la campaña electoral Tomic dejó entrever claramente que consideraba insuficiente lo hecho por Frei. Su gobierno, de llegar a ganar las elecciones, no sólo no daría paso atrás alguno (“¡ni un paso atrás!” decía una canción de su campaña), sino que iría más allá de lo hecho hasta entonces, tomando medidas aún más decididas y “revolucionarias” (¡la palabra sagrada de esos tiempos!) que las llevadas a cabo por Frei.

Sobre el segundo aspecto, relato una anécdota. Sucedió dentro del Comité Político de la campaña presidencial de Tomic, al que ingresé invitado por Luis Maira. Pertenecían a este cuerpo especial personeros tan diversos como Renán Fuentealba, Claudio Orrego Vicuña, Tomás Reyes, Jorge Cash, Patricio Aylwin, Pedro Felipe Ramírez y Bosco Parra. Pues bien, se llegó a la conclusión unánime de que se necesitaban actos diferenciadores en relación con la candidatura de Allende. Era necesario detener la hemorragia de votos por el costado derecho de la candidatura Tomic, que, a la luz de algunos sondeos, se estaba produciendo con toda claridad. Surgió, así, el problema de planteárselo al candidato, cuya reacción negativa se temía. Para no despertar susceptibilidad alguna en él, se eligió a Bosco Parra, un hombre de su total confianza, para exponerle el punto. Lo hizo con transparencia y extraordinaria solidez. Era difícil contradecir su argumentación. Tomic escuchó en silencio su exposición y reaccionó después, sin entrar a una discusión, en forma categórica: si se imponía el criterio desarrollado por Parra, él renunciaba a su candidatura. Ahí terminó el debate y el intento de rectificar un poco. No aceptó la argumentación, que se fundamentaba en una necesidad táctica, aduciendo razones de principio. O sea, mientras su equipo electoral razonaba en un nivel, el táctico, que es tan importante en las campañas electorales, Tomic lo desconocía, haciendo de su perspectiva, desarrollada exclusivamente en el ámbito de los principios y de la estrategia, el único criterio normativo de su acción. Su rigidez era evidente. Más ejemplos de esta forma de actuar podrían encontrarse con facilidad en un estudio detallado de su vida política, necesaria por su gravitación en el país.

El hecho es que ganó Allende y empezó un nuevo proceso político que fascinó al mundo y que opacó al período de Frei, no por sus realizaciones, algunas de las cuales se arruinaron al poco andar, sino por su novedad. En tres años (o mil días, como se ha dicho) Chile vivió una etapa irrepetible de su historia, en que se jugó todo su destino futuro por varias décadas. El modelo que se pretendió llevar a cabo, la llamada “vía chilena al socialismo”, fracasó estruendosamente y le abrió paso a la revolución neoliberal de Pinochet. Cayó víctima de sus propios errores, desde luego, pero arrastró a todos los sectores del país, que debieron asumir ante la gran Historia su propia cuota de responsabilidad, sepultando además a la democracia chilena por casi dos décadas.

Personalmente viví esta fase con real interés. Me retiré a tareas que me permitieron ser más un observador que un actor, a pesar de algunas actuaciones mías que narraré más adelante. Tuve que hacer análisis político fino de la realidad chilena para ganarme la vida. Durante casi tres años le hice informes de lo que pasaba en el país a los miembros de la Junta del Acuerdo de Cartagena o Pacto Andino, con sede en Lima. Buscando quién pudiera mantenerlos al día, a través de un muy querido amigo y gran periodista, Alejandro Cabrera, que estaba encargado de la Unidad de Comunicaciones del joven organismo subregional, dieron conmigo y me contrataron por una módica suma, que, como era en dólares, en Chile lucía muy bien. Los informes que hice, en forma de cartas a mi amigo, contienen mucha información y análisis de este período. Creo que, en general, fueron certeros, sobre todo, cuando comenzó a aproximarse la catástrofe. Me equivoqué eso sí en la orientación política que se impondría dentro de los militares. Jamás imaginé que se entregarían tan completamente a la derecha. En este error estuve, creo, junto a Tomic y algunos más, que también creyeron que podía imponerse dentro de los militares una línea progresista, un poco “a la peruana”, siguiendo el modelo del general Velasco Alvarado.

También trabajé como comentarista internacional de TV, en el Canal 4 de Valparaíso, perteneciente a la Universidad Católica de ese puerto. Tenía a mi cargo el análisis de los principales hechos mundiales dentro del noticiario de las 22 horas tres veces a la semana, más otras participaciones haciendo entrevistas que salían directamente al aire. Todo esto me hacía mantener una actitud prudente de observador, puesto que debía tratar de ser ecuánime, siguiendo la línea de un canal que pretendía mantener cierto nivel que lo hiciera merecedor de su carácter universitario.

Trabajé igualmente en la Vice-Rectoría de Comunicaciones de la UCV, junto al Vicerrector, Juan Orellana Peralta, mi gran amigo de toda la vida.

Por último, hice clases en un curso de relaciones internacionales en la Universidad Católica de Valparaíso. En esta condición de académico tuve una vez, en el Senado de la Universidad, una participación protagónica de la cual hasta hoy me siento orgulloso. Estábamos a fines de junio de 1973 y los estudiantes, dirigidos por un joven DC muy influido en ese momento por la gente de derecha, se habían tomado la Universidad y habían declarado que sólo la abandonarían cuando renunciara Allende. La situación era, en extremo, peligrosa. De acuerdo con algunos profesores del Movimiento de Reforma, decidí jugarme el todo por el todo y hablé en el Senado Académico pidiendo el fin de la toma. Lo hice a través de un meditado discurso que escribí y que reproduzco en estos apuntes como anexo. Mi intervención golpeó fuerte en el ambiente y precipitó el fin de la crisis de ese momento. La Universidad reanudó sus actividades y públicamente apareció en una posición ponderada de búsqueda de una salida pacífica a la gran crisis nacional.

Volviendo al gobierno de Allende, debo decir que me abrumó ver la cantidad de errores que cometió, comenzando por el primer mandatario. Allende era un demócrata a carta cabal, pero también un hombre deseoso de hacer una revolución que llevara al país al socialismo, ideal en el que creía con la fe de un carbonero. Su programa, llamado “Vía chilena al socialismo”, quería ir, por cierto, más lejos que el de Frei, pero tenía algunas continuidades obvias, dada la similitud de diagnóstico del cual se partía.

Sin embargo, lo central no estuvo en el programa planteado al país, que nunca fue llevado a cabo plenamente, sino en la dinámica desatada al asumir la Presidencia de Chile un político marxista. En el panorama mundial de “guerra fría” por el cual se atravesaba, el peor enemigo de un desarrollo pacífico en Chile bajo premisas como las planteadas por Allende se llamaba “polarización”. Caer en ella equivalía a precipitarse en un abismo sin fin conocido y era casi lógico suponer que los sectores opuestos más extremos buscarían llegar a ese punto. De hecho sucedió así y la derecha se preparó desde un comienzo para derrocar a Allende. Incluso, hizo variados esfuerzos por impedir que asumiera como Presidente de la República. La DC, en este cuadro, quedó emparedada entre esa derecha conspiradora y una izquierda donde poco a poco fueron ganando terreno las posiciones más extremas. Esta situación, quizá, pudo haberla llevado a su desintegración, de no mediar una fortaleza interna que tenía, nunca reconocida y entendida por los observadores externos a la DC, que solían -y suelen hasta hoy- anunciar su desaparición de la escena nacional.

Sobre el Gobierno de Allende existe una vasta literatura. A los primeros análisis que se apresuraron a hacer los sectores de los dos extremos, cargados de mucha pasión y falta de objetividad, siguieron después trabajos serios que fueron mostrando el cuadro en toda su extensión y complejidad. Hoy se logra un cierto consenso en varias cosas, incluyendo a personeros del sector más afectado, esto es, de la izquierda socialista.

Mi tesis central, que desarrollé en 1974 en un artículo que escribí con el profesor Dieter Nohlen, consiste en afirmar que el programa original de Allende nunca fue llevado a la práctica plenamente, porque se diluyó en la lucha con la extrema izquierda, por un lado, y con la derecha, por el otro. Particularmente corrosiva para Allende fue la extrema izquierda, cuyo discurso se apoderó de la escena y llegó a ser hegemónico dentro de la coalición gubernamental, mostrando la imagen que la derecha deseaba proyectar y que, por eso mismo, magnificó hasta la saciedad para alentar a los militares a intervenir. Ellos actuaron, en definitiva, sólo cuando se formaron la idea de que la estrategia de la extrema izquierda dominaba dentro de la Unidad Popular y del Gobierno, hasta el punto de aprestarse a dar un golpe de mano que les entregara el tan ansiado “poder total”.

Para tratar de alcanzar alguna objetividad en el análisis histórico de todos estos años resulta indispensable darle una mirada global al país que dejó Allende tras de sí.

La situación económica mostraba, al terminar el gobierno de Allende, las siguientes características, que he tomado prestadas a Sergio Molina de un artículo que publicó en la revista "Mensaje": a) El proceso inflacionario se había acelerado “a niveles desconocidos hasta esa época” (¡el alza del costo de vida llegó a superar el 1% al día!); b) el desajuste entre la demanda y los bienes disponibles “había producido una escasez creciente de bienes y servicios” (el mercado negro adquirió una presencia inédita en el país); c) se había realizado una masiva transferencia de activos “de propiedad privada a propiedad o control del Estado” (que se manejaron con muy poca eficacia y racionalidad); d) existía un “retroceso en el mejoramiento relativo del ingreso de los asalariados que se había alcanzado en 1971" (hecho paradojal y grave en un gobierno que pretendía estar al servicio de los trabajadores y de los más pobres); e) había una disminución “del producto interno bruto, en relación con el nivel alcanzado en 1972”; y f) existía un “extraordinario aumento de la deuda externa” y una “crisis del comercio exterior”. (Cf. Molina 1974: 11)

Socialmente, la división entre sectores ricos y pobres se mantuvo a la larga sin grandes modificaciones. El avance relativo en ese aspecto, que se produjo durante el primer año de gobierno, se perdió en el desorden económico de los dos años siguientes.

Políticamente, la polarización había llegado a límites que parecían imposibles de ser superados. Los adversarios habían pasado a ser enemigos. El lenguaje predominante era de naturaleza bélica. El choque se fue haciendo cada vez más violento. Se hablaba livianamente de guerra civil.

El desenlace del 11 de septiembre de 1973 constituyó la culminación de esta dinámica infernal. Marcó el fin de una era histórica y el comienzo de una nueva.

En esta mirada de conjunto la figura de Salvador Allende merece un comentario. Era un tribuno notable que formaba parte del sistema constitucional vigente. Se movía en él con soltura y hasta solemnidad. Quería cambios profundos, pero estaba convencido de que debían llevarse a cabo dentro de los canales democráticos establecidos. Era elegante y de gustos burgueses, que sus adversarios le reprochaban. Amaba a su patria y a su pueblo. Era en el fondo un idealista romántico. Se confesaba marxista y hasta marxista-leninista, aunque existió siempre la impresión de que no sabía con rigor académico lo que eso significaba. Había aprendido esto en la "universidad de la vida", como se lo comunicó a Regis Debray en una entrevista famosa y larga publicada en la revista "Punto Final" en marzo de 1971. Quiso ser Presidente para servir a los más pobres, dignificando su vida, haciéndole justicia a sus ahnelos de redención. En su relación con los comunistas le temió siempre a la idea de tener que pasar a la historia chilena como otro Gabriel González Videla, el radical que llegó a la Presidencia apoyado por el partido comunista y que poco después lo puso fuera de la ley y persiguió a los dirigentes como sus peores enemigos. Por eso, cuidó su relación con este partido y evitó ponerla en peligro de romperse. Interiormente, creo que se sentía muy cercano a la figura trágica de Balmaceda. "No quiero ser otro Balmaceda" exclamó una vez, para indicar que no deseaba la muerte por suicidio. Pero, a la vez, estaba dispuesto a ello, como lo demostró en su hora. Su final lo convirtió en un arquetipo que crece con el tiempo. En el siguiente capítulo, dedicado al golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, volveré a referirme a él.